El cuarto oscuro analfabeta de fotografía y medios libres

Por Heriberto Paredes | Facebook: bsaurio
Texto publicado en la Revista Palabras Pendientes | "Comunicación y Organización Contra el Capital" número 12, Año 12, Noviembre 2016




Muchos han tomado fotografías sobre el abuso del poder en México y en el mundo capturando instantes precisos que son prueba de lo vivido, claroscuros de las personas atormentadas por gobiernos flacos que sólo piensan en intereses propios, entre otros sucesos que engloban la realidad social. Las personas que registran lo sucedido con su cámara suelen ser de dos sopas: aquellos que reciben algo a cambio y los otros, o sea nosotros, los medios libres, autónomos, alternativos y comunitarios.

Nuestro ingrediente principal es el testimonio y de ahí partimos para vincularnos y formarnos. No obstante, aún no hablamos con precisión del papel que tiene, para nosotros, la fotografía en el quehacer diario de estos medios, así que es buena ocasión para abordar algunas consideraciones a manera de propuesta a partir de la convivencia con mujeres y hombres que fotografían su realidad para mostrarla.

Siempre aparecerá aquel prejuicio sobre la profesionalidad de la fotografía: que si no somos estudiados en la materia, que si somos aficionados, que si no tenemos capacidades, en fin; algo que los fotógrafos profesionales vociferan demasiado últimamente en el ambiente periodístico nacional. En la misma proporción en que Ulises Castellanos nos llama analfabetas, vamos a dejar claro lo que para nosotros es la fotografía y algunas de las utilidades que le encontramos, obviamente, no como un mecanismo comercial para figurar en el mainstream.

Para nosotros, fotógrafos incultos, la fotografía es una manera de conocer, interpretar y comunicar el mundo partiendo de la mirada personal (no por ello individualista), para luego llegar a esos momentos tan gratificantes en que las imágenes se vuelven colectivas a partir de su aprehensión y de las consecuencias que desembocan en nuevos escenarios de concientización.

La tarea de tomar la cámara, prepararla con baterías, tarjetas o rollos, elegir lentes, soportes para la estabilidad, ángulos, velocidades, aperturas de diafragma, no tiene sentido sin antes preguntarnos qué estamos haciendo, a quién estamos fotografiando, cuál es la razón de ello y cómo vamos a hacerlo. Al contrario del utilitarismo mercantil que defienden los profesionales, para nosotros, la fotografía le arrebata el alma al momento huidizo quitándole su esencia efímera, perpetuando la imagen, trascendiendo la realidad a través de rostros que nos relatan sus vivencias, de manos curtidas hechas de tierra que hablan de jornadas largas bajo el sol; todos ellos son testimonios fotográficos difíciles de invisibilizar, por lo tanto nuestra función es plasmarlos con total veracidad.

La fotografía es una narrativa visual en bruto que invita a revivir el pasado ya muerto para hacerlo presente, un presente que durará por siempre. En los medios libres, más que un acompañamiento a la información, la fotografía es un lenguaje propio, una puerta para dar un vistazo a realidades que no son producto de un montaje y que nos exigen manifestarse. Es una mirada propia que se transforma en comunitaria por su propio peso. Es un mecanismo de conocimiento, de sensibilización, un quehacer que hemos aprendido silenciosamente con nuestros esfuerzos por comunicar lo que no se comunica.

Con nuestras cámaras mal pertrechadas hemos rendido testimonio de muchos procesos, hemos sido los ojos de muchas personas que nos muestran sus victorias, sus miserias, sus luchas y sus corajes. Nuestra fotografía ha sido la construcción lenta de una expresión propia, aquella que aún está definiéndose pero que no carece de poesía o valor, ni mucho menos de sagacidad y honestidad. Nuestra fotografía es así porque no está mediada por un atractivo comercial, es el fruto de una militancia particular, sin olvidar que nosotros también tenemos que comer y qué mejor que sea de nuestro digno trabajo.

Invocamos, con la materialidad de la fotografía, una historia, la historia de nuestros pueblos, de nuestras luchas, formando íconos como herramienta-espejo que revelan un trasfondo simbólico, lleno de mitos, de tradiciones, sumergidos en una temporalidad y en un espacio determinado que le dará un carácter y una fortaleza, para constituir una fuente viva de documentación.

Somos herederos de arraigadas tradiciones fotográficas, no desconocemos el trabajo de tantos y tantos personajes entregados a la fotografía, cuestionamos y analizamos con sentido crítico. Como consecuencia del síntoma de las nuevas generaciones aún estamos aprendiendo a rescatar las enseñanzas de nuestros antepasados para dotarnos de la fuerza que nos ayude a transformar el presente y construir un futuro diferente al que se nos ha condenado. Ésta ha sido la ruta de nuestra formación autodidacta, casi siempre autogestiva y satisfactoria, porque si no capturamos los momentos con gusto y pasión nuestro lugar no está en este terreno.

La imagen como medio y no como fin

Tal vez con los ejemplos que van de la mano de este texto quede claro a qué nos referimos, sin embargo, lo que sí debe estar definido de manera precisa, es el sentido que le damos a la fotografía, la utilidad y la dirección que le vamos marcando. No se trata de convertir el valor estético en un utilitarismo falto de ética, es tan sólo que no debemos olvidarnos que nuestro papel como comunicadores tiene un peso y una razón de existencia; para los medios autónomos la fotografía sirve, grosso modo, para transformar el mundo.

No vamos a desgastarnos argumentando que nuestro trabajo es fundamental o que sin los medios libres no habría registros fidedignos de los procesos sociales; es evidente que las fotografías que tomamos tienen un sentido político, forman parte del momento actual, son una vía de denuncia, para no callar y mostrar el abuso de poder, el atropello e impunidad que sufren las personas con nombre y apellido, no masas uniformes. Nuestra mirada, con ese poco conocimiento del que se nos acusa, tiene una gran sensibilidad y sabe retratar los dolores sin ser sensacionalistas o mofarse de la tragedia humana, sabe mostrar las alegrías y las esperanzas sin dejar de ser crítica, sin mitificar.

Sin que razones económicas o intereses políticos intervengan en nuestra misión, quienes somos parte de los medios libres, autónomos, alternativos y comunitarios nos entregamos a la labor histórica de documentar el mundo que nos rodea, hemos logrado acercarnos a muchos contextos sin pretender ganar un céntimo por ello y la confianza ha sido la respuesta que hemos recibido de muchas personas. Sin pisar al de enfrente o al de a lado para conseguir la exclusiva imagen de una persona, ingeniándonos la vida para que nuestra cámara no falle nunca, aconsejándonos en las largas noches de edición luego de una cobertura, el retorno de nuestro material a las personas protagonistas de nuestras imágenes, todo ello para que esta actividad tenga sentido y no sólo sea un estereotipo más dentro de la comunicación.

Porque sentimos con dolor y rabia el asesinato de compañeras y compañeros que han sido víctimas del Estado y del crimen organizado, por esa razón, la ética es el criterio fundamental para plantearnos las eternas preguntas: ¿Tomaré esa imagen?, ¿vale la pena nuestra vida por esta sensacional foto?, ¿de qué sirve nuestro trabajo en la fotografía si las cosas no cambian?, ¿estaremos robando el alma con cada foto que tomamos?, ¿seguiremos siendo ignorados por todo mundo, porque ni somos periodistas ni comunicadores profesionales? El panorama para el fotoperiodismo es demasiado oscuro y nos plantea la necesidad de reconsiderar cómo estamos haciendo nuestro trabajo y cómo podemos continuar a pesar de los riesgos que implica.

Para los medios libres la fotografía es el recurso que nos permite recopilar la memoria histórica, es aquello que se puede ver y que permite a otros mirar; la fotografía genera identidad y también genera conciencia social, para que las cosas no vuelvan a repetirse o para aprender de las enseñanzas que llegan del pasado y que dejan huella en una imagen.

De igual modo que el texto o la voz en radio, las imágenes que captamos son parte de un discurso y cuentan con una intencionalidad, tratan, en su selección y encuadre, de mostrar fragmentos particulares que desarrollarán, en el mejor de los casos, revuelo, indignación, aprendizaje, sentimientos, motivaciones.

Para eso tomamos fotografías y nos preparamos constantemente, entre colegas, para intentar construir una sociedad diferente, que persevere por la justicia y libertad. La comunicación es sustancia integral de la fotografía, entonces los medios libres tienen que informar a partir de ésta, fiándose de sus dones pero también buscando y configurando el momento adecuado para crear, a través de las representaciones visuales, nuevos mundos y nuevas formas.

Cachibaches tecnológicos, lenguajes instantáneos

La evolución tecnológica es nuestra salvación o nuestra derrota, depende de nuestra adaptabilidad, de nuestra voluntad de supervivencia, así nació la imagen análoga y la digital, esta última será inmortal pues jamás se desintegrará con el paso del tiempo, será aquella que conservará con la frescura del aquí y del ahora, el presente. Pero lo anterior es sólo una consecuencia de la nueva dinámica social que transformó y redefinió los rumbos de los medios de comunicación hegemónicos, haciéndolos inútiles y en su lugar dotando de un nuevo sentido a los medios libres, colectivos, los cuales ahora también resultan en una plataforma comunitaria, horizontal, con renovadas exigencias y menesteres.

Sin embargo, la convivencia entre los medios libres y la nueva cultura digital no es automática ni siempre cordial. Desde los riesgos de espionaje electrónico hasta las posturas sobre la poca seriedad del “nuevo tiempo informativo”, las redes sociales han desatado polémicas que no tienen respuestas certeras, nos encontramos aún en un momento de readaptación, de descubrimiento del alcance que podemos tener y de lo nuevo que se puede desarrollar. Sólo en fotografía no hace falta precisar mucho, basta con mencionar el ejemplo de Instagram como una red social de alcances mundiales que pone a la fotografía bajo ópticas muy particulares: es instantánea, puede revelarse/editarse en fáciles pasos y puede ser vista por miles de ojos en un instante.

En la experiencia que tenemos como medios libres, hemos podido experimentar la facilidad con la que podemos denunciar –casi en tiempo real— algún acontecimiento, un momento en un proceso de mayor duración, podemos dar cobertura a personas que de inmediato se comunican con nosotros a través del mismo medio que los hace viajar kilómetros por kilómetros con sus historias a cuestas.

Instagram mezclado con Twitter es una arma de doble filo: nos ha permitido hacer coberturas apelando a la capacidad de síntesis, desarrollando una suerte de postales que se acompañan de pensamientos en breves caracteres. Hemos aprendido a documentar desde nuestros teléfonos o desde las tablets. ¿Qué habría sido del levantamiento zapatista o de la huelga universitaria si hubiésemos tenido esta tecnología del suceso en nuestras manos? Planteamos preguntas porque no somos ni puristas ni ortodoxos, somos personas que encarnamos proyectos de comunicación política que son, en buena medida, producto de las condiciones materiales y culturales de nuestra época. Nuestro contexto nos define a pesar de que, en buena medida, queramos transformarlo.

Pero no todo se resume en este lado A de la tecnología. El lado B es la suposición de que ahora la tecnología ha permitido, como por acto de magia, el acceso masivo a la posibilidad de comunicar y comunicarse. Precisamente, una de las labores más complejas que tenemos los medios libres es entender que no por el hecho de que ahora haya más posibilidades de tomar fotografías, todo mundo puede hacerlo.

Las condiciones de desigualdad, explotación o marginación que el capitalismo mantiene aún limitan el acceso a millones de personas, ya no digamos a la tecnología, sino a la comida y a la salud más elementales. Los discursos más ignorantes y recalcitrantes del posmodernismo afirman que ya existe una democratización de la tecnología o que lo que hace falta es democratizar los medios, cuando en realidad lo que hace falta es transformar la manera de construir la comunicación y de ponderar sus sentidos. La fotografía sigue siendo el cuarto oscuro para unos cuantos, a pesar de que ahora hayan entrado algunos más.

La brecha tecnológica trajo consigo un aprendizaje para la forma de documentar y para quien lo realiza: se trata de la necesidad de reforzar la ética profesional, además de la exploración de nuevas herramientas para responder a los nuevos cánones visuales y estético-discursivos. Tal vez estemos frente al desarrollo de un nuevo crisol fotográfico que trae consigo mayor responsabilidad para documentar sin censura pero también sin sensacionalismos, mayor creatividad para que las miradas que se traducen en lo digital sean más propositivas en su alcance y no se queden sólo en la tibia discursividad disfrazada de falsa objetividad.

La fotografía digital, como fragmento de la realidad, cobra un nuevo sentido en la sociedad y en los medios libres; mientras que en las redes sociales pulula el adelgazamiento de la información y de la narrativa visual, los medios libres toman las plataformas transmedia, es decir, se pueden desplazar de una plataforma a otra para construir una compartición más amplificada. Así, el fin único es el de hilar juntos la historia, desde abajo, documentando autónoma y críticamente nuestro largo caminar, a pesar de que, unos instantes después de que la fotografía se haya publicado, será parte del futuro pasado.

¿La salida de la red?

Algunos cuestionamientos que tal vez convenga plantearse están relacionados con el marchar a contracorriente y el intento de salir de los medios electrónicos sin negarlos.

Precisamente, con la intencionalidad de llevar el trabajo de los medios libres más allá del autoconsumo, hacia comunidades cada vez más diversas, es que se plantea como reto el quehacer fotográfico, es decir, si venimos de una época en la que la fotografía análoga era entendida en buena medida a partir de su presencia física en el imaginario de familias y sectores sociales concretos, y hemos transitado a la era digital en la que rara vez se imprimen fotografías, ¿por qué intentar regresar la fotografía a un ámbito tangible y aprehensible en un mundo de aplicaciones de celular y filtros para imagen? Y si es ese el rumbo que nos acercará con los sujetos con quienes trabajamos ¿Cómo combinar inmediatez digital con aprehensión fotográfica?, ¿cómo ser un medio libre que se mueva en los ambientes tecnológicos actuales sin mitificarlos y adjudicarles presuntas revoluciones de comunicación?

Construyamos una nueva narrativa visual que nos permita tomar a la fotografía como documento testimonial del tiempo que vivimos, entre lo vivido y lo por venir, construyamos discursos y mecanismos para registrar estéticamente los procesos sociales sin olvidar que hasta ahora la tecnología no ha superado las relaciones sociales más inmediatas y, posiblemente, no supere nunca el gesto de una mirada atendiendo las imágenes congeladas en la aparente fugacidad de la impresión.