“La Garrapata” el azote de los bueyes y el submundo de la represión en México

Por José Luis Ruíz
Texto publicado en la Revista Palabras Pendientes | "Comunicación y Organización Contra el Capital" número 12, Año 12, Noviembre 2016


En los días anteriores al 2 de octubre de 1968, Echeverría manejó las cosas para que el primer mandatario estuviera convencido de que los estudiantes iban a tomar el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores como el primer movimiento de un inminente golpe de Estado.

En esos tiempos se había establecido un único método aceptable para protestar, había una especie de guía no escrita para el buen disidente que debía seguir la ortodoxia priísta. Como un primer paso debía haber una declaración pública reconociendo los logros del régimen y la sabiduría del presidente en turno. Solo entonces se podían dar a conocer las peticiones por medio de alguna organización partidista o gubernamental. Después, esperar a que el gobernante decidiera cuándo y cómo les resolvía algunas demandas. Si lo hacía debía de agradecérselo sin mencionar a nadie más, y desde luego, agradecerlo de nuevo públicamente. No respetar esas reglas encasillaba al demandante como enemigo.

De la Secretaría de Gobernación dependían dos piezas clave de la seguridad interior: la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales (IPS). Del Poder Ejecutivo dependían un grupo de agentes confidenciales, la Policía Judicial Federal (PGR), el Servicio Secreto, el cuerpo de Granaderos, la Policía Judicial del Departamento del Distrito Federal (DDF) y la Policía Preventiva del DDF (con sus madrinas). Todos coordinados por la Secretaría de Gobernación.

Esa era la maquinaría de la que Díaz Ordaz disponía para el control político con toda conciencia y oportunidad. La conocía bien, de muchos años. El sistema de información política del Estado mexicano en los años sesentas se nutría de los medios de comunicación masiva, interviniendo teléfonos y correspondencia, infiltrando organizaciones de todo tipo, vigilando a sus líderes y personas notables, y enviando observadores a todo tipo de reuniones políticas y culturales. En consecuencia los informes y reportes resultaban en muchos casos fantasiosos y muy adecuados para alimentar la maldad conspiratoria de sus superiores.

La caricatura sale del submundo

En correspondencia simultánea al ambiente descrito en los párrafos anteriores el desempeño del periodismo y de la caricatura política estaba en un momento poco favorable. La libertad de expresión estaba limitada por una suerte de combinación entre la censura abierta, la censura disimulada y la autocensura. Ser caricaturista en cualquier medio de circulación nacional era posiblemente estar en el escalón más bajo del medio.

Desde el fin de la Segunda Guerra los caricaturistas mexicanos se habían limitado a publicar cartones en las páginas editoriales, bajo la orientación del director. Su libertad dependía de la habilidad personal de negociación. Los límites eran precisos, los temas que se consideraban tabú eran el Presidente de la República, el Ejército Mexicano, los Símbolos Patrios y la Virgen de Guadalupe.

La tónica de ese momento fue que todos ellos y los demás que hacían caricatura política se mantuvieron sometidos a los intereses de los dueños de los medios y ejercieron la autocensura como forma de sobrevivencia. Casi nunca representaron al personaje político aludido. En los temas nacionales los políticos o funcionarios se convertían en figuras abstractas, en los temas internacionales bastaba con representar al Tío Sam y al Oso comunista, y en todos los casos se incluían en una escena adaptada la broma de actualidad. Esa era la manera de resolver las caricaturas políticas.

En ese tenor los más afortunados fueron los que trabajaron veladamente para Miguel Alemán cuando este aspiraba a la candidatura del PRI para la presidencia en 1944 en el semanario humorístico Don Timorato, que Jorge Piñó Sandoval dirigió. El grupo estuvo formado por los mejores caricaturistas de la época: Arias Bernal, Audiffred, Cabral, Freyre y Ángel Zamarripa Landi (Fa-Cha).

En 1948, Piñó Sandoval y Arias Bernal iniciaron la revista Presente con los trabajos de Fa-Cha, Abel Quezada y otros jóvenes caricaturistas principiantes. Pretendieron ejercer la libertad de imprenta y de expresión y pagaron cara su osadía. Cuando llegaron al número 30, PIPSA (Productora e Importadora de Papel, S. A.) se negó a venderles papel. Pero ellos insistieron, la revista siguió publicándose con papel de importación y unos días después sus instalaciones fueron destruidas por pistoleros y el director Piñó Sandoval emigró a Argentina después de caer del segundo piso de un edificio.

En el último año del sexenio de Alemán, Renato Leduc, Arias Bernal y Quezada publicaron El Apretado, que ya fue abiertamente anti-alemanista especialmente en las colaboraciones de Arias Bernal, aunque siempre se mantendrían dentro de los límites del respeto a la figura del primer mandatario. En esos años la caricatura dejó ser un arma de lucha política y vino a reforzar el proceso de sacralización de la vida social. Por un lado, la mayoría del público se vio reducido al papel de mero consumidor poco reflexivo.

La semilla de la caricatura contestataria se mantuvo en la obra del Taller de Gráfica Popular, fundado en 1937 por artistas de izquierda con la misión de agitar por medio de propaganda expuesta en carteles, volantes y folletos. Se distinguieron Raúl Anguiano, Pablo O’Higgins, José Chávez Morado, Mariana Yampolski y Alberto Beltrán que años después sería el único del grupo que se dedicaría a la caricatura política.

El siguiente paso lo dio a mediados de los años cincuenta Eduardo del Río, Rius, cuya obra se desprende directamente de la influencia de Audiffred y de Quesada, y que en lo personal evolucionó desde el humor blanco para convertirse en el primer “caricaturista de combate” contemporáneo.

Las colaboraciones de Rius llegaron a sintetizar la posición política de los lectores de perfil progresista. Célebres fueron las dos portadas que atacaron a Gustavo Díaz Ordaz cuando recién había sido designado candidato del PRI a la Presidencia de la República, donde lo caricaturizaba como un monaguillo que en una mano sostenía una macana y con la otra mostraba unas tablas como las de Moisés. En la segunda portada, Díaz Ordaz aparecía simplemente con el rótulo: “¡No será Presidente!”.

La organización del Consejo General de Huelga (CGH) permitió que los estudiantes progresistas resistieran los embates de la fuerza pública y las descalificaciones de los medios de información colectiva, cuyos corifeos lanzaban acusaciones de ser manipulados y estar al servicio de oscuros intereses que únicamente pretendían dañar a México. Incansablemente repetían: Las pruebas están a la vista, basta ver como en cada manifestación se portan carteles con las efigies de Ho Chi- Minh y el Che Guevara.

Una de las exigencias centrales del pliego apuntaba a la derogación del delito de “disolución social”, un instrumento jurídico creado para combatir la infiltración nazi-fascista durante la Segunda Guerra Mundial, que con el tiempo se convirtió en el instrumento para recluir de manera discrecional a todo ciudadano progresista endilgándole el sambenito de “enemigo de México”.

Como he señalado, la presión del ambiente político del país venía aumentando desde la década anterior. Hacia mediados del año de 1968 era evidente para un grupo formado por editores, intelectuales, académicos y periodistas, que la sociedad mexicana necesitaba un medio periodístico que diera cabida a la reflexión. Por su lado los caricaturistas comandados por Rius también deseaban poder expresarse libremente.

Los más notables esfuerzos fueron el suplemento de humor Marca Diablo que en 1962 fundó Rius para la revista Marca que dirigía Paco Ignacio Taibo. El suplemento de humor El Mitote Ilustrado de la revista Sucesos para todos, que Raúl Prieto, Nikito Nipongo le pidió también a Rius que hiciera en 1965. Suplemento que durante los tres años que tuvo de existencia aglutinó lo que sería una nueva generación de dibujantes formada por Emilio Abdalá (AB), Efrén Maldonado, Helio Flores, Enrique Heras, Naranjo, Matz, Peralta, Rruizte y Palmira Garza la única mujer que en ese tiempo practicaba la caricatura política en México. En junio de 1965 apareció el primer número de la historieta semanal Los Supermachos bajo el sello de la editorial Meridiano. La relación laboral entre el caricaturista y el editor Colmenares aguantó 100 números, y terminó con la renuncia de Rius y el robo que el editor hizo del nombre y los personajes. Colmenares ejerció la censura de la historieta con criterios provincianos que le ganaron el apoyo de la Secretaría de Gobernación que financió la publicación durante varios años más, con la colaboración de varios dibujantes mercenarios.

La siguiente publicación humorística fue La Gallina, resultado de la colaboración del mismo Rius con el cómico español Miguel Gila, que terminó porque después de publicar una portada que parodiaba a la revista LIFE y esta amenazó con una demanda. Riuz-Gila prefirieron suspender la publicación. En abril de 1968, Mario Menéndez Rodríguez, ex colaborador de Sucesos para todos, fundó la revista Por qué? Rogelio Naranjo se desempeñó como el director artístico a su alrededor se congregó a sus antiguos compañeros de El Mitote Ilustrado: AB, Helioflores, Rius y Vadillo. Nuevamente las presiones del director y la poca claridad que había en el financiamiento de la revista los hicieron retirarse en grupo. Los rumores de la época aseguraban que era de la embajada cubana de donde salía el dinero de la nómina.

Pero la inquietud y la necesidad de la existencia de una publicación sin censura seguía vigente. Durante varios meses el entonces funcionario de la más grande editorial de historietas de América Latina, Novaro, Guillermo Mendizábal Lizalde y un grupo de familiares y amigos venían madurando la idea de una publicación que ejerciera la libertad de expresión. Así fue que dos proyectos se llegaron a encontrar. El de Rius y los caricaturistas y el de Mendizábal y sus amigos. Mendizábal organizó infinidad de reuniones donde la asistencia variaba en número de personalidades asistentes, unos asistieron una única vez y otros asistieron muchas veces pero en cuanto el compromiso se formalizó y empezó la publicación, desaparecieron.

Entre los que asistieron con más frecuencia a esas reuniones casi siempre realizadas en casa de Rafael Ruiz Harrell, recuerdo a Jorge Ibargüengoitia, Carlos Monsiváis, Óscar Chávez, Eduardo Lizalde, Tito Monterroso, Juan Carbajal, Alexandro Jodorowsky, Otto Raúl González, Víctor Rico Galán, María Luisa -la China- Mendoza, Lorenza Sotomayor, Elena Poniatowska, Nikito Nipongo, Luis Guillermo Piazza, Juan Salazar Green, Héctor Azar, Juan José Gurrola, Porfirio Muñoz Ledo, Sergio Pitol, Javier Wiemer, Víctor Flores Olea, Enrique Flores Olea, Enrique Soto Izquierdo, Carlos Fuentes, Iñigo Laviada, Arturo Fregoso, Juan Garzón, Carlos Barajas, y algunos otros que no recuerdo pero que iban como parejas acompañantes de los citados. Ese fue el núcleo que planteó la idea de lo que sería La Garrapata. Se había llegado al consenso de que la revista se llamara La Mosca, porque chinga y chinga…

Así estaban las cosas cuando en el verano de 1968 Mendizábal fundó la editorial Posada, renunció a la gerencia de distribución internacional de la Editorial Novaro, llegó a un acuerdo con Rius, juntó sus ahorros, pidió dinero prestado al matrimonio Gil-Hubert, vendió su coche Mustang modelo 67, estableció la editorial en un departamento de un edificio en la calle de Yosemite en la colonia Nápoles, compró varias toneladas de papel, consiguió crédito con un impresor y el 7 de septiembre salió a la venta el primer número de Los Agachados.

En esos días yo trabajaba en la Escuela de Capacitación de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro (LyFC). El día 3 de octubre a media mañana recibí una llamada de Mendizábal que fue breve: Josefo ya estoy listo, ya tengo todo lo necesario para empezar a editar “La Garrapata”, ya te necesito como coordinador general, porque son muchas las tareas y negociaciones que hay que hacer y ya me están rebasando.

Desde varios meses antes estábamos de acuerdo en que iría a trabajar con él. Ya habíamos hablado del salario y del horario para que mi asistencia a la escuela no se viera afectada. Así que dos o tres días después estaba dedicado a perseguir a todos los colaboradores de ahí mi título honorario de CAPATAZ, de la rebautizada por Rius: La Garrapata, el Azote de los Bueyes.

Se ha dicho que las labores como editor de Guillermo Mendizábal Lizalde en la década de los setenta del siglo XX, es equiparable a la que realizaron Ignacio Cumplido y Vicente García Torres en siglo XIX. Cada uno en su momento abrió espacios en el mundo periodístico que no tenían cabida en la mente de los gobernantes del momento. Sus publicaciones como arietes impulsaron la difusión de las ideas de los sectores progresistas.

Convencido de que los cambios que el país necesitaba solo se lograrían por medio de la educación, políticamente, Guillermo Mendizábal siempre se consideró simpatizante de la izquierda aunque nunca militó en partidos políticos.

Obligado por circunstancias familiares de mantener a su familia tuvo diversos trabajos hasta que llegó a la Editorial Novaro como vendedor. Durante varios años se desempeñó en diferentes puestos hasta que fue designado Gerente de Ventas para toda Latinoamérica.

El 8 de noviembre de 1968, 37 días después del dos de octubre, salió el primer número de La Garrapata. De los escritores convocados en los meses anteriores solo unos cuantos mantuvieron el interés. Monsiváis, Ibargüengoitia, Lizalde, Chávez. Únicamente ellos entregaron colaboraciones firmadas, otros lo hicieron con seudónimo y otros los menos prefirieron permanecer anónimos. Por su parte los dibujantes Rius, AB, Helioflores, Naranjo y Checo Valdez, que se hacía cargo del diseño y formación de la revista se mantuvieron unidos hasta el último número de la primera época.

En los primeros números imperó una mezcla de “anarquismo y democracia”. Cada uno de los caricaturistas asumió la dirección colectiva como director irresponsable de un número y cada quien dijo lo que se le antojó. Cada uno tenía la obligación de entregar un número de páginas que resolvía con dibujos originales, con caricaturas de otros dibujantes, generalmente extranjeros, fotografías con comentarios o globitos que atribuían a uno o varios de los personajes algunas palabras. Algunos textos breves con alguna ilustración interesante. El resto de la revista se completaba con lo que entregaban los amigos escritores. El editorial lo hacía Mendizábal y casi siempre fue necesario que el mismo Mendizábal o yo completáramos algún espacio vacío.

El resultado comercial fue impresionante era evidente que teníamos razón, la gente necesitaba ver ese tipo de periodismo. Hasta entonces solo las revistas Política y Siempre! habían publicado los cartones editoriales más críticos de varias décadas. Pero La Garrapata nació en medio y en apoyo de un movimiento genuinamente popular confrontándose con las élites políticas gobernantes. Hay quien dice que desde 1904, con el nacimiento del El Ahuizote Jacobino, no ocurría algo así.

De inmediato se convirtió en un modelo a seguir y prácticamente todas las revistas de caricatura desde entonces lo han seguido. Su modelo financiero también fue novedoso entre otras cosas, porque demostró que una publicación podía sobrevivir sin la venta de publicidad, y que si la gente estaba dispuesta a comprarla era porque veía en sus refeljada en sus páginas su manera de pensar, además de que en muchos casos, las interpretaciones políticas mostraban la frescura tan necesaria para contrarrestar la enorme presión mediática del gobierno y de sus vergonzosos y zánganos comunicadores.

La originalidad de La Garrapata resultó importante también por su capacidad de auto influencia, que se hizo evidente desde los primeros números en la medida que se fueron sumando más colaboradores. Sus colaboradores plantearon una nueva forma de hacer caricatura como un medio de ver la realidad. Se ha dicho que crearon la punta de la lanza en la lucha por la libertad de expresión en México. A mi parece que sin restar importancia a la valentía que significó enfrentar al Estado Mexicano el trabajo de ese grupo dio un impulso importante a la lucha por las libertades democráticas.

El primer intento de explicación a lo que sucedía en las calles de la ciudad de México lo hizo Rius junto con AB, en el número extraordinario de Los Agachados que titularon Los Cocolazos y se puso a la venta unos quince días antes del 2 de octubre. Todos tuvimos en la mente esa cronología mientras duró el conflicto. Quizá por ello mismo La Garrapata fue desde el primer momento una publicación sumamente crítica pero al mismo tiempo la más importante revista de humor después de la Revolución Mexicana.

La primera época constó de 32 números (noviembre de 1968 a octubre del 1969) que a su vez yo divido en dos etapas: la heroica que termina en marzo del 1969 y cómoda que estabilizó su venta y terminó en octubre de 1969. Mendizábal como editor tenía dos intereses el económico y el político. El segundo subordinado al primero. En las primeras semanas de 1969 tuvo varias llamadas de políticos importantes, algunos de ellos precandidatos a la candidatura del PRI a la presidencia. Yo lo acompañe como chofer a una casa en el pedregal de San Ángel para que se entrevistara con Antonio Ortiz Mena. Cuando salió estaba especialmente jubiloso y dicharachero.

En los días siguientes empezó a quejarse de que económicamente las cosas no iban bien para la revista. Sus quejas fueron aumentando y para mi resultaban incomprensibles porque no coincidían con los resultados que veía en los cheques que me entregaba el distribuidor Enrique Gómez Corchado.

Es cierto, como afirma Rodríguez Munguía J., que la Secretaría de Gobernación hacía compras masivas de los ejemplares, (documenta dos compras, aunque hubo más), pero ese dinero de todas maneras llegaba a la editorial. Además seguramente otras dependencias hacían lo mismo. Para mí el negocio no solo iba bien, sino que crecía a una velocidad insospechada. Con el tiempo vine a enterarme Ortiz Mena había pagado para que no se le mencionara. Hábilmente Mendizábal nunca le pidió ni sugirió a ninguno de los colaboradores que escribiera o caricaturizara a algún personaje en contra o a favor. La realidad era que el Lic. Mena no estaba en nuestras mentes. En pocas semanas Ortiz Mena dejó de ser aspirante viable y pues... lo cáido, cáido.

La misma noche del día que Mendizábal externo su decisión de terminar con la revista, en una reunión en mi casa los cinco decidimos continuar por nuestra cuenta. Se decidió que yo retomara el puesto de capataz y me hiciera cargo de la distribución y de las relaciones con la PIPSA. Toño Caram se haría cargo de la administración, Checo Valdez continuaría con el diseño y la formación y algunos otros de los colaboradores aceptaron reanudar la aventura.

Poco a poco se fueron acercando diversos simpatizantes, algunos muy jóvenes iniciaron que su vida profesional en La Garrapata, poco a poco fueron siendo aceptados por otra publicaciones. Otros ya consagrados nos llevaron textos rechazados por otras publicaciones. El caso más sonado fue el de un artículo escrito por Elena Poniatowska denunciado la golpiza que los estudiantes y maestros presos en Lecumberri, habían sufrido la noche de año nuevo de 1970. Número que, por cierto, fue el que más se vendió de las dos primeras épocas.

Unos días después, el 8 de octubre de 1969 pudimos leer el número 32, cuyo “último idiotorial”, remachaba el argumento de la poca venta como causa principal. Mendizábal escribió: la negativa cada vez mayor de los lectores a comprar nuestro engendro. En honor a la verdad debo decir que Guillermo Mendizábal Lizalde no fue un hombre afecto a mentir, por tanto en lo que escribió no mintió, dijo parte de lo que pasó, sin mencionar lo demás que ahora sabemos que también pasó.

También es cierto que dejó abierta la posibilidad de que los “directores irresponsables”, publicarán por su cuenta una segunda época de la revista” e incluso parecía prometer dar ayuda. “Y si no pudieran resolver sus problemas económicos”, …Editorial Posada podría “insuflarle nueva vida” a pesar de que implicaría pasar por encima de “nuestro buen juicio en lo que respecta a negocios”.

No fue necesario buscarlo para tener su apoyo económico. Tardamos un par de meses en reorganizarnos y volver a los puestos de periódicos. El dueño del registro del nombre de La Garrapata era Rius quien amablemente nos cedió todos los derechos y se retiró. Naranjo no volvió a colaborar, nunca supe porque tomó esa decisión.

Ahora sabemos que nuestras dificultades fueron mayores que las que se enfrentaron en la primera época. Por principio de cuentas nunca recibimos dinero de funcionario alguno. Tuvimos a nuestro favor el capital que significaban los 32 números publicados en la primera época. Los impresores con los que tuvimos relaciones siempre aceptaron darnos crédito porque sabían que el público compraba La Garrapata.

La relación con la PIPSA que dirigía Mario Moya Palencia, subsecretario de Gobernación nos limitó el papel todo el tiempo y con ello pretendía limitar nuestro tiraje. Siempre nos las ingeniamos para conseguir papel en el mercado negro y el resultado fue que varios números se imprimieron en papel importado de mejor calidad que el de PIPSA. Cada dos o tres números tuvimos que cambiar de imprenta a causa de las amenazas que los agentes de la DFS hacían a los impresores. Sin embargo, siempre fuimos más ágiles que ellos y logramos imprimir para salir a tiempo.

Lo que si nos afectó fue el ataque que la misma Secretaría de Gobernación nos hizo en el centro de distribución. Cada impresor entregaba a la empresa distribuidora de Enrique Gó mez Corchado los ejemplares nuevos para que se entregaran a los voceadores de la ciudad de México. Una semana después yo visitaba esa empresa y su administrador me hacia la cuenta de lo que había vendido, me entregaba un cheque por la cantidad correspondiente y los ejemplares que no se habían vendido.

Nuestra sorpresa fue enorme cuando nos dimos cuenta que esos ejemplares devueltos venían con el mismo empaque que el impresor había puesto. Es decir, una cantidad importante de los ejemplares no se habían entregado a los voceadores, se habían quedado en el almacén. Eso nos causó pérdidas considerables, pero el interés del público se mantuvo y pesar de todo logramos sobrevivir casi un año.

Demostramos, una vez más, que una publicación no necesita de la venta de publicidad para sobrevivir cuando su contenido es de interés para su público. Nuestras finanzas fueron lo suficientemente sanas para que muestras cinco familias vivieran de ese trabajo. El día siguiente al nombramiento de Luis Echeverría Álvarez como candidato del PRI a la presidencia, recibí una llamada del encargado del Despacho de la Secretaría de Gobernación licenciado Mario Moya Palencia, para informarme que por instrucciones del Sr. Lic. Luis Echeverría Álvarez La Garrapata podía disponer de todo el papel que necesitara.

Esa misma noche los garrapatos nos reunimos en casa de Toño Caram y analizamos la situación. Consideramos que a partir de ese momento, si continuábamos estaríamos trabajando para LEA. Pero si cerrábamos en ese momento la segunda época, estábamos en condiciones de pagar nuestros compromisos y quedar en buenos términos con todos los proveedores. Además dejábamos abierta la puerta para que si alguno de nosotros deseara continuar con otro proyecto editorial, pudiera presentar como antecedente la historia y desempeño de la segunda época de La Garrapata el azote de los bueyes.

Fuentes

  • Villarreal Morales C. Estrategias y tácticas en el género discursivo de la caricatura política contemporánea: La primera época de La Garrapata. Tesis. Universidad Veracruzana, Xalapa, Veracruz, 2013.
  • Ruiz de Esparza José. Luis Echeverría. Mendizábal ediciones. México, 2002.
  • P. Ramírez, La caricatura, un arte de extremos. Rodríguez Munguía, J. (2007). La otra guerra secreta. Los archivos prohibidos de la prensa y el poder. México. Random House Mondadori.